OPINIÓN

Falacias conservadoras III: El subsidio malo y el buen subsidio

La idea que los subsidios corrompen y, sobre todo, destruyen la famosa cultura del trabajo es una vieja letanía reaccionaria. Si esa perogrullada fuera cierta, Europa ya habría colapsado.

Sebastián Fernández

Durante un almuerzo organizado por el gremio de Gastronómicos en conmemoración del Día del Trabajador, Dante Camaño, titular de la Unión de Trabajadores del Turismo, Hoteleros y Gastronómicos de Capital Federal (UThGRA), recibió con entusiasmo al presidente Macri y explicó que "somos un gremio de trabajo, no queremos ni subsidios ni que el Estado intervenga. De éste sólo quiero seguridad, justicia, salud y educación, y que no se meta en la economía, porque los particulares trabajamos y a los salarios los negociamos con los dueños”.

Es una extraña declaración de principios. Teniendo en cuenta que en cualquier democracia occidental (no sólo en Corea del Norte) el Estado interviene de una u otra forma en la parte del león del PBI, no hay forma de evitar que "se meta en la economía". La única discusión válida es cómo lo hace y, sobre todo, a quién favorece. Por otro lado, eliminar subsidios no sólo afecta la estructura de costos de los restaurantes que, justamente, dan trabajo a los afiliados del gremio que dirige Camaño, sino que atenta contra el bolsillo de sus clientes. Sin mencionar que al pedir que el Estado no intervenga en las negociaciones salariales, este peculiar líder sindical parece acordar con el economista José Luis Espert cuando exige eliminar las paritarias que considera “fascistas” y dejar que los empleadores negocien “libremente” con los empleados.

No es el único líder popular que acuerda con un pensamiento reaccionario. Hace algunos años, Toty Flores, dirigente social y Tío Tom de la Coalición Cívica, también explicaba estar en contra de los “planes sociales” ya que “destruyen la cultura del trabajo”. Coherente con esa misma línea, junto al actual ministro de Hacienda Prat Gay, afirmaba estar a favor de eliminar las retenciones a las exportaciones agrícolas y compensar esa merma de ingresos fiscales con “deuda legítima” (según la candorosa expresión de su líder, la Mentalista Carrió). Esos recursos adicionales favorecerían, según lo que expresaba, a las economías regionales e incluso a los trabajadores del agro (“con más recursos, los empresarios podrían comprar tractores con aire acondicionado, por ejemplo”, explicó).    Lo que parece asomar detrás de las ideas defendidas tanto por Camaño como por Flores es que no sólo los subsidios del Estado corrompen sino que el sector privado administraría mejor los recursos públicos que el propio sector público. Es decir que empresas de las que no somos accionistas y cuyos objetivos ni siquiera vislumbramos gestionarían mejor nuestros recursos que los gobernantes que designamos en elecciones periódicas y controlamos a través de todo tipo de contrapoderes. Un extraño paradigma sobre todo viniendo de un líder sindical y un ex diputado.

La idea que los subsidios corrompen y, sobre todo, destruyen la famosa cultura del trabajo es una vieja letanía reaccionaria. Si esa perogrullada fuera cierta, Europa ya habría colapsado con varias generaciones de vagos, luego de décadas de subsidios de todo tipo: a la educación (primaria, secundaria y terciaria), a la salud, al transporte, al pan, a la ópera, al cine o, mucho más grave, al desempleo. ¿Qué podría alentar más la vagancia que pagar a un ejército de desempleados por no hacer nada? Sin embargo, asombrosamente, esas capas geológicas de subsidios, planes y empleo público desaforado no sólo no alentaron la vagancia ni se fueron por ninguna canaleta sino que generaron una riqueza y una equidad nunca antes vistas.

Pero lo más asombroso es que la misma clase social que denuncia los siniestros efectos del gasto público y la intervención del Estado en las clases más pobres, la acepta como algo natural cuando la recibe en su propio beneficio. Los accionistas de un banco cuyo pasivo fue nacionalizado no piensan que se han transformado en esclavos del Estado. Probablemente los integrantes de la familia Rocca no sientan que las décadas de subsidios y generoso proteccionismo estatal hacia Techint los hayan convertido en planeros desprovistos de la menor cultura del trabajo.

Lo que esta falacia conservadora intenta explicarnos es que los subsidios estatales, al parecer, corrompen sólo a quienes los necesita  

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